La ciudadanía científica es un modo de ser adulto en la vida contemporánea, es decir, en el siglo XXI. Cualquier persona que sepa leer y escribir tiene lo necesario para desarrollar las aptitudes que se requieren. Explicaremos porqué es importante y cuáles son las ventajas de conocer en qué consiste y también las consecuencias de no desarrollar este modo de ser. Comenzaremos explicando la construcción de un concepto básico de ciudadanía para nuestra época.
Partimos de un hecho fundamental: la mayoría de nosotros vivimos en ciudades o poblaciones que tienen acceso a electricidad. Todas nuestras actividades importantes están mediadas por procesos derivados de las economías industriales de gran escala. Nuestras formas de satisfacer necesidades, trabajar o divertirnos, son posibles gracias a los frutos de la innovación tecnológica. Cada vez más personas en el mundo tienen acceso a dos resultados del progreso de los últimos dos siglos: la educación formal y el uso de internet. Si pensamos en los hombres y mujeres específicos que conocemos que, por ejemplo, no utilizan telefonía celular de manera habitual probablemente tengamos en mente a menores de dos años, ancianos o personas con alguna forma de discapacidad funcional.
Una primera consideración ética: es probable que en el caso anterior pensemos también en los indigentes, a los que pocos de nosotros conocemos, si no contamos en esto que los vemos, tal vez diariamente en nuestras ciudades. Para explicar la ciudadanía científica omitiremos a las personas sin acceso aparente a las ventajas de la tecnología, pero sin perderlas de vista.
Entonces, concentrémonos tan solo en los casi 80 millones de nosotros que, tan solo por poner un referente, usamos internet ocasional o diariamente en un país como México. ¿Qué características generales tenemos? Vivimos en una sociedad organizada por instituciones económicas y políticas, de acuerdo a un sistema que nos asigna responsabilidades para poder tener acceso al trabajo, a la educación y al esparcimiento. Estos arreglos, de manera general, funcionan positivamente para la mayoría. Tenemos alimentos, agua y energía asegurados. Podemos pasear, ver televisión, leer o dedicar (¿minutos, horas?) cada día a navegar por las pantallas para infinidad de propósitos. Llegamos a nuestros destinos con seguridad casi siempre, a veces con comodidad. Nos encontramos con las personas que nos interesan y nos quieren. Y sí, las relaciones humanas son complicadas, pero aún cuando encontramos más dificultades siempre están las salidas del entretenimiento superficial o, cuando nos tomamos más en serio, la posibilidad de plantearnos quiénes somos o qué queremos.
No podemos dar por hecho que todo lo anterior será así siempre. Existe el azar, en primer lugar. Nuestras rutinas pueden ser interrumpidas por accidentes o la estupidez o decisiones mal intencionadas de otros. También está nuestra fragilidad humana. Podemos tomar malas decisiones en el trabajo, la escuela o las relaciones familiares o de amistad y siempre traen consecuencias negativas, tarde o temprano. No alcanzamos la perfección pero sí aspiramos a una existencia que, en general, nos haga sentir bien de estar vivos.
Tenemos entonces dos procesos simultáneos: por un lado está el contexto de la vida social, en el que entran todas esas mediaciones que hacen posible la existencia material aceptable: alimentación, salud, educación, trabajo, diversión… Por otro lado, está nuestra vida individual, entretejida con todo lo anterior. De lo que pensamos, sentimos, y pensamos sobre lo que sentimos, resulta el modo como usamos los medios materiales para satisfacer las necesidades físicas y espirituales. Son el motor de nuestras acciones.
Esto es lo que hacemos los ciudadanos: usar los medios a nuestro alcance para satisfacer necesidades y tratar de construir una existencia que valga la pena, para nosotros y para otros. Esto puede hacerse de muchas maneras, que involucran siempre un aspecto intelectual bajo la forma de conseguir información de todo tipo, procesarla y usarla para tomar buenas decisiones, y un aspecto moral que nos sirve de guía para medir las consecuencias de esas decisiones. Así, una persona ante una situación que pide acciones para ser resuelta, debe conseguir datos objetivos para saber cómo resolverla y necesita calcular las consecuencias de las acciones a corto y largo plazo, para sí y los demás. Un estudiante requiere hacer una serie de actividades para acreditar un curso, por lo tanto necesita saber qué documentos debe estudiar y entender, para demostrar que tiene los conocimientos de una asignatura. Le es necesario buscar esas fuentes de información, darles alguna prioridad y procesar intelectualmente los datos que contienen. El aspecto moral significa que debe decidir cómo administrar su tiempo para poder realizar las actividades de estudio, sabiendo que además hay otras cosas que le importan: alimentación, relaciones personales, entretenimiento, aseo, etc. El cómo ordene los minutos y horas del día reflejan la dimensión moral.
Lo mismo aplica para un chofer de transporte público, una gerente de empresa, un deportista o una investigadora científica. Resolvemos la vida cotidiana basados en información y en el valor que le damos a las consecuencias de nuestras decisiones.
Evidentemente, algunos asuntos requieren datos numéricos, por ejemplo, para decidir cómo gastar el dinero disponible esta semana se necesita saber el precio de las cosas que deben comprarse. Hay otros datos igualmente importantes para otras actividades; si se planea pasar tiempo el fin de semana con alguien, se requiere saber qué tipo de intereses tiene, cuál es su estado de salud actual y cómo está su ánimo. En el día a día, desde la infancia, vamos desarrollando habilidades en nuestra educación social para conseguir los distintos tipos de información que requerimos. La formación humana nos prepara para ser ciudadanos.
Además de actuar en lo cotidiano con información y valoraciones morales, un ciudadano tiene otra característica: es capaz de valerse por sí mismo y puede cuidar de otros. Por eso la ciudadanía está asociada a la mayoría de edad desde el punto de vista legal. Es la adultez biológica que asociada a los aprendizajes de la vida social distingue a los ciudadanos de los niños. Y estos aprendizajes son tan complejos que toma casi dos décadas alcanzar lo mínimo, tras un proceso paulatino de desarrollo tanto de lo intelectual como de lo moral que se da en la infancia y la adolescencia, y continúa durante toda la vida, cada vez de manera más consciente.
No es un proceso exento de interrupciones ni automático. Un adulto enfrenta dificultades para controlar sus emociones y no siempre actúa del modo más racional posible, pero sí se espera que lo haga de modo distinto al de un niño, es por eso responsable de sus actos. Por eso debe cuidar de sí mismo y de los otros. Debe responder de su conducta ante la sociedad y nada lo exime de esto.
Es común pensar la ciudadanía desde la esfera política. Ciudadana o ciudadano somos los integrantes de una comunidad que asume deberes y derechos individuales y responsabilidades con los otros en el trabajo, las actividades económicas, el uso de los bienes públicos y privados, todo bajo un conjunto de normas que pueden ser conocidas por todos y aceptadas en lo general bajo los marcos legales en sus distintas manifestaciones. Por lo que hemos explicado arriba, la ciudadanía es mucho más que participar en actividades democráticas. Están son consecuencia de ser responsable de uno mismo y de los demás, tanto quienes están más cercanos a nuestros afectos como aquellos humanos a quienes no conocemos.
Podemos entonces entender lo básico de este concepto funcional de ciudadanía del siglo XXI (es decir, de lo contemporáneo): es el modo como los adultos adquirimos información, la procesamos y con ello tomamos decisiones y actuamos, considerando las consecuencias de nuestros actos para nosotros y los demás, realizando actividades productivas en situaciones concretas, mediadas por el uso de recursos tecnológicos de escala industrial.
Esta noción mínima de ciudadanía nos permite explicar a continuación cómo podemos vivirla de manera inteligente en la vida cotidiana.
V. Agosto, 2018.